De nuevo he vuelto a caminar por las tierras del mundo, esta vez con una parada un poco más larga de lo habitual. Mis pasos se dirigieron al norte, a una de las ciudades más encantada de Europa, donde sólo pisar una de sus piedras te basta para envolverte en una magia continua de la que es difícil despertar, se trata de Edinburgh, más conocida para el oído español como "embra".

Ciudad dividida en dos y separada por los hermosos jardines de la National Gallery y por los carriles de la estación de tren. El resultado la New Town con calles llenas de tiendas, pubs, restaurantes, para disfrutar de las modernidades de la vida contemporánea, resaltando especialmente las típicas calles alineadas de estilo victoriano. Desde estas calles, a lo lejos, se vislumbra el mar, creando la perfecta composición que todo artista desearía para su obra. En esta parte de la ciudad, más allá de la conocida Princess street, especialmente porque es donde se encuentra situado el Primark, se puede contemplar la escultura de Walter Scott y el templo clásico que representa la National Gallery. Pero si hay un hecho a destacar en esta parte de la ciudad es la "coqueta" Rose Street, con sus pintorescos pub. Nunca olvidaré uno de los pub más viejos de la ciudad, "Dirty Dick's" repleto de cacharros por doquier pero con un aura de nostalgia mezclado con la modernidad escocesa; o The Black Cat, donde pudimos disfrutar de música tradicional escocesa, al ritmo de un acordeón, una guitarra y el acento ronco tan típico escocés. Para terminar, el pub de la última cena, donde te sumergías en una auténtica casa en una tarde de invierno, con su chimenea, perfecto lugar para la despedida de buenos amigos.
Cruzando los puentes, Old Town donde un laberinto de callejones, cuestas, plazas, calles de diferentes alturas, donde el mapa deja de tener sentido, sólo un buen sentido de la orientación puede salvarte. A reseñar, sin duda, la larga calle que atraviesa la ciudad, donde se amalgaman la mayoría de los artistas que se reúnen cada verano en los múltiples festivales de Edinburgh. Grupo africano, grupo de gaitas, representaciones sobre temas diferentes, malabaristas, magos, cantantes, coros a capella, hombres en calzoncillos... todo es posible. La Royal Mile renace cada día. Ahí descubrimos al grupo The Buffalo Skinners, del que somos adictas y a un grupo de chicos con voces angelicales que, luego en su show, despertarían las mayores carcajadas: Out of the Blue. Si hay algo con lo que disfruto es con las actuaciones en la calle, en el verdadero escenario de la vida. Para ello Edinburgh, durante el festival, es el sitio perfecto. Cada día, mis ojos brillaban ante la representación de un tipo de arte diferente, no existen palabras para describir esa explosión de vida. El resto, Grassmarket, con sus innumerables pubs, Victoria Street con sus inconfundibles colores, las librerías antiguas in West Port, donde encontré una de las librerías más auténtica que jamás he visto, ¡libros en cada hueco de la existencia!, inolvidable; Calton Hill y sus insuperables vistas; un paseo por the Meadows, Bobby en la calle George IV y los bagpipers (gaiteros). No puedo nombrar todas las calles que he recorrido, pero en todas ellas he encontrado esa nostalgia del tiempo y esas ganas de vivir.

El paseo por Escocia fue completado con la visita a Glasgow, una ciudad, en cierta medida, hecha para las compras, (hay tiendas monísimas) pero donde también se pueden encontrar ciertos lugares para recordar. Sin duda, en mi memoria me llevo la catedral de Glasgow con su sereno cementerio. También tuve la oportunidad de visitar Saint Andrews, pueblecito destinado, especialmente, al turismo del golf, en cierta manera, denostado, por haber perdido el encanto al convertirse en un lugar tan turístico. Sin embargo, mi impresión fue muy distina. Caminar por su Universidad, más allá de que allí hayan estudiado los actuales príncipes, por esos edificios tan majestuosos y a la vez tan silenciosos; observar los restos de muralla de la antigua catedral, que fue modelo por tener una de las plantas más grandes, con el cementerio que la rodea y todo esto con el silencioso murmullo del mar. Mi sensación fue de calma, serenidad y espiritualidad. Creo que Saint Andrews es mucho más que un pueblo destinado al turismo, es un remanso de auténtica paz. Allí disfruté de otro de mis grandes momentos: ir a la playa tapada hasta las orejas con bufanda, sensación contradictoriamente perfecta.

Por último, visitasmo uno de los Loch. No fuimos hasta el lago Ness porque dado el poco tiempo preferíamos disfrutar de aquello que teníamos más cerca. Esta vez fuimos a Loch Lomond, otro de los grandes lagos, un paraíso que se abre entre la tierra. También tiene su monstruo, aunque esta vez no pudimos verlo. Verde, así es Escocia, con sus haggis (comida típica, necesario tener un estómago fuerte), sus loch, sus kilt y especialmente sus "Ceilidh". Imaginaos típica película del siglo XIX en la sociedad británica donde existen bailes en los que los chicos se alinean en un lado y las chicas en otro y van bailando, sea en coro, sea por parejas, sea cruzados, intercambiándose de compañeros de danza. Pues eso es el "ceilidh" la fiesta escocesa por excelencia. Afortunadamente, como despedida, tuvimos la oportunidad de disfrutarlo. Me alegra mucho pensar que ese tipo de bailes siguen estando al uso, especialmente, porque así puedo disfrutar y mover mis pies al ritmo de la música tradicional escocesa.

Muchas cosas más tendría que decir. El Military tatto Festival, mucho más que un festival militar, es una explosión de tradición y cultura, perfectamente organizado y bajo el marco incomparable del gran castillo de Edinburgh. Otro gran placer es el haber podido estudiar, aunque sea por unas semanas, en una universidad del siglo XVI. Y para terminar, por supuesto, recordar mis acompañantes. Durante la redacción de estas letras, he hablado en plural, especialmente me dirigía a mi compañera de piso, y de vida "edimburguesa" María, con la que descubrí todos estos lugares y espectáculos que acabo de mencionar, donde hubo risas y sustos, pero siempre con la alegría y la curiosidad de seguir caminando; y por supuesto, las grandes risas compartidas con Marcel; el gran momento de María convirtiéndose en una auténtica mujer escocesa; los paseos con Ágata; la cercanía y simpatía de Olga y las risas interminables en el comedor con ella y todos los anteriores mencionados; la cálida amistad de los japoneses, como Yuri que compartió nuestra última cena o Miku quién me enseñó algunas palabras en ruso. A todos ellos, miles de gracias, por haberme permitido gozar de su compañía, compartir sus paseos, comidas, palabras... y sobre todo, aprender, porque la gente que te acompaña son los mejores maestros que puedes tener en la vida.